Ya desde temprana edad aprendemos cómo nos llamamos porque las personas que nos rodean y nos cuidan pronuncian nuestro nombre, una y otra vez, al llamarnos o al referirse a nosotros/as. De la misma forma, aprendemos a asociar quién es papá y quién es mamá. Por tanto, al igual que sabemos cómo nos llamamos desde bien pequeños/as, nuestra autoestima (el valor que nos atribuimos) se forma en gran medida mediante nuestra interacción social, sobre todo en etapas infantiles. Por lo que, sabiendo esto, es hora de entender que las creencias negativas que tenemos sobre nosotros/as mismas son fruto del proceso de socialización y nada tiene que ver con nuestra verdadera esencia.
Así, si a un niño o niña se le dice comentarios negativos o se le trata de forma negativa de manera recurrente, ya sea de manera explícita o implícita, este niño/a va a incorporar una imagen negativa de sí mismo/a, y por tanto, de un pobre autoconcepto. Pues los niños y niñas, a causa del momento evolutivo de su pequeño y vulnerable cerebro, tienden a comprender de manera natural que lo que ocurre en su mundo, tanto lo bueno como lo malo, es a causa de ellos/as. Así, si mi padre se enfada cada vez que yo no entiendo un problema de matemáticas, además de sentir una gran angustia y ansiedad que no me permite concentrarme, pensaré que soy un estúpido y que encima mi padre no me quiere por ser estúpido. Y, además, si mi padre es muy exigente y sólo se dirige a mí enfatizando lo negativo y lo positivo queda obviado (desde luego, desde sus mejores intenciones él quiere que saque buenas notas) entonces no podré tampoco ver lo bueno en mí.
Así de complejo es el mundo de los cerebros infantiles, y a la vez, maravilloso, porque con tan sólo tratarlos/as con cariño y conectando con su pequeño mundo, podremos hacer no sólo que sean felices a causa de su buena autoestima, sino que consigan todo aquello que se propongan. Con esto no quiero decir que a lo niños y niñas no haya que ponerle normas y límites, todo lo contrario, pues necesitan normas y límites, y seguramente se encuentren en situaciones desagradables, pero desde luego, lo que hace que tengamos una buena o escasa autoestima viene determinado por las interacciones con otras personas, sobre todo con personas en nuestra etapa infantil.
Así que, sabiendo que lo que creemos y pensamos sobre nosotros tiene más que ver con viviencias y experiencias que con nuestra verdadera esencia, empecemos a desechar el diálogo interno negativo que tenemos sobre nosotros/as mismas y cultivemos un nuevo “Diálogo interno”, más positivo, reparador y enriquecedor de nuestra autoestima. Quizás es momento, en primera instancia, de probar a escuchar nuestro diálogo interno. Si pueden identificarlo, entonces intenta revisar o valorar cómo es ese diálogo interno: ¿Me digo cosas buenas? ¿Me tranquiliza lo que me digo? ¿Soy capaz de superar obstáculos gracias a este diálogo interno? Si este no fuera el caso, y tu diálogo interno es más desregulador y pesimista que tranquilizador y motivador, es hora de cambiarlo, cosa que conlleva un proceso de «darme cuenta» de qué me estoy diciendo, de cómo me estoy tratando, para luego hacer el esfuerzo en cambiar la forma en la que me trato y me relaciono conmigo mism@. Y si necesitas ayuda en ello, no dudes en contar con ayuda profesional.